
Ciclo: Filosofia barata e sapatos de borracha
Assunto: Ninguém lê meu blog. Vou revelar alguns segredos sobre mim. [Auto-biografia não autorizada por mim ].
Comentário preliminar:
Tenho voltado e embora o texto que melhor encaixe nesse momento da minha vida é falar sobre a Lei do Retorno, me debrouço sobre minha autografia não autorizada. O texto está em espanhol porque esse blog sacaneia as fronteiras e porque quem pidiu o tópico foi “Uma parásita da linguagem” feita em Argentina. Demagogia faz bem à pressão arterial e acalma a conciência.
Autobiografía o Teoría de la Imposibilidad
Es probable que tarde mucho más tiempo en pensar como comenzar a escribir esta autobiografía, que lo que me pueda llevar su desarrollo. Es probable que esto suceda porque a pesar de mis recién cumplidos 32 años de edad y varios papeles estrujados y arrojados en un cesto, no he pasado aún por tal ejercicio. La autobiografía siempre me pareció como un estatuto reservado para galeanos, caetanos, mirós y lorcas – pero intuyo que como ocurre con todo, será cuestión de empezar y dejar, esta vez, que la escritura hable de mí.
Es probable también, que esta tardanza se deba a ese temor a “definirse”. ¿Acaso hay algo más difícil que hablar de uno?. Apenas si puedo por momentos ejercer cierto dominio sobre la realidad que me rodea… ¿Cómo ejercer dominio sobre mi mundo interior?. Es cierto también que esta respuesta sea el manjar de un psicólogo, pero yo no nunca hice terapia aunque mentalmente me lo he prohibido miles de veces.
Por cierto, creo que “definirse” es como congelar el tiempo para etiquetar y sacar de la góndola de la identidad las mejores cualidades de uno con la precaución, siempre presente, de no sacar alguna con fecha vencida. “Definirse” se me presenta como lo opuesto a “soy y hago, lo que mis átomos en movimiento”, entonces sí puedo afirmar que los míos se mueven al compás del tambor en una roda de capoeira, en el resplandor de un relato, en el humor satírico, en la vibración de una imagen gigante, en una música mullida, dentro de los aplausos cuando cae un telón, a través de una mirada inquieta y crítica y en la búsqueda de la palabra inteligente.
Es probable además, que esta dificultad de hablar de uno, me sea generada por mi afición a interesarme y escribir sobre la vida de los demás y no sobre la propia. No me refiero a la tentación insolente del chusmerío de barrio, sino al género de la Entrevista: tela con la que más me he vinculado en mi formación periodística y que en tiempos de las puntocom. me ha alimentado placenteramente (hasta que se supo que los padres de la convertibilidad no eran Los Reyes Magos).
Me animo a reconocer que esta demora provocada por el - desde ahora – “Síndrome de la imposibilidad”, pueda originarse en el supuesto “error conceptual” de pensar la autobiografía en términos de descripción o racconto del “ser”. De ahí, la complicación de autodefinirse y la agilidad que brinda el simple hecho de inventariar las cosas que hice a lo largo de estos años. Pues claro que la esencia de la vida radica en la simpleza pero esto de la autobiografía es tarea compleja.
El “ser” y el “hacer”son hermanos siamenses y afortunadamente para solo listar las actividades de la historia personal están los currículo vitae que con maestría alejan los conflictos aunque abren intrigas. Solución posible sería dejar a la conciencia hacer migas con la ingenuidad, pero existe la duda, que es un virus que se infiltra y que además contagia (a veces el racionalismo me puede). Queda demostrado así que el “ser” y el “hacer” no son reducibles y que ambos se funden en la “experiencia”, cuyo valor agregado se descubre en movimiento, en interacción en la vida social. Algo similar al plusvalor en el mercado, pero sin la necesidad de ser salvaje.
Es por eso que la autobiografía no debería escribirse si no “experienciarse” (neologismo necesario). De ahí el síndrome del que hablo, que a esta altura, ya es enfermedad.
De todos modos y pecando de generalización, puedo decir que todo lo que hago es bajo compromiso, disciplina, autonomía y osadía. Y que afortunadamente, el entorno me ha demostrado, casi sin proponérmelo, que la autobiografía es algo que se teje con las agujas de uno y las lanas de los otros.
Pero hablemos de cuestiones menos metafísicas –si se quiere- y tratemos el problema (si, el problema) de manera cuantitativamente.
Las autobiografías son infinitas en potencia e inconclusas en acto. Quiero decir, si la “autobiografía” es el relato de la vida propia, el hecho de escribirla forma parte de esa autobiografía, lo que trae aparejado una serie de círculos concéntricos en el tiempo, que implicará: no sólo que nunca se termine (la autobiografía, claro), sino que es probable que esa sea la última cosa que realice en su vida aquella persona que decidió tomar semejante desafío. Por lo tanto, la autobiografía es imposible y además roza la categoría de condena. Por el contrario, entonces, la segunda premisa; la autobiografía es inconclusa por abandono o vía natural, al menos que se compruebe científicamente que pueden recibirse mensajes del más allá. Volvemos una vez más al punto inicial del “Síndrome de la imposibilidad”, que ya es toda una Teoría.
Luego de este preámbulo y en vistas de la cercanía al límite de 2 carillas (confirmación de la argumentación cuantitativa) arribo a varias conclusiones: que se verifica el párrafo primero en su integridad ya que me demoraré en escribir la autobiografía porque nunca comenzaré; que a la vez se cumple mi intuición esbozada tímidamente en el mismo párrafo; que por último, soy una persona demasiado activa y curiosa como para caer en la condena. Al fin y al cabo “la única piedra que no genera musgo, es la que se mueve todo el tiempo”, para escribir hay tiempo.
Es probable que tarde mucho más tiempo en pensar como comenzar a escribir esta autobiografía, que lo que me pueda llevar su desarrollo. Es probable que esto suceda porque a pesar de mis recién cumplidos 32 años de edad y varios papeles estrujados y arrojados en un cesto, no he pasado aún por tal ejercicio. La autobiografía siempre me pareció como un estatuto reservado para galeanos, caetanos, mirós y lorcas – pero intuyo que como ocurre con todo, será cuestión de empezar y dejar, esta vez, que la escritura hable de mí.
Es probable también, que esta tardanza se deba a ese temor a “definirse”. ¿Acaso hay algo más difícil que hablar de uno?. Apenas si puedo por momentos ejercer cierto dominio sobre la realidad que me rodea… ¿Cómo ejercer dominio sobre mi mundo interior?. Es cierto también que esta respuesta sea el manjar de un psicólogo, pero yo no nunca hice terapia aunque mentalmente me lo he prohibido miles de veces.
Por cierto, creo que “definirse” es como congelar el tiempo para etiquetar y sacar de la góndola de la identidad las mejores cualidades de uno con la precaución, siempre presente, de no sacar alguna con fecha vencida. “Definirse” se me presenta como lo opuesto a “soy y hago, lo que mis átomos en movimiento”, entonces sí puedo afirmar que los míos se mueven al compás del tambor en una roda de capoeira, en el resplandor de un relato, en el humor satírico, en la vibración de una imagen gigante, en una música mullida, dentro de los aplausos cuando cae un telón, a través de una mirada inquieta y crítica y en la búsqueda de la palabra inteligente.
Es probable además, que esta dificultad de hablar de uno, me sea generada por mi afición a interesarme y escribir sobre la vida de los demás y no sobre la propia. No me refiero a la tentación insolente del chusmerío de barrio, sino al género de la Entrevista: tela con la que más me he vinculado en mi formación periodística y que en tiempos de las puntocom. me ha alimentado placenteramente (hasta que se supo que los padres de la convertibilidad no eran Los Reyes Magos).
Me animo a reconocer que esta demora provocada por el - desde ahora – “Síndrome de la imposibilidad”, pueda originarse en el supuesto “error conceptual” de pensar la autobiografía en términos de descripción o racconto del “ser”. De ahí, la complicación de autodefinirse y la agilidad que brinda el simple hecho de inventariar las cosas que hice a lo largo de estos años. Pues claro que la esencia de la vida radica en la simpleza pero esto de la autobiografía es tarea compleja.
El “ser” y el “hacer”son hermanos siamenses y afortunadamente para solo listar las actividades de la historia personal están los currículo vitae que con maestría alejan los conflictos aunque abren intrigas. Solución posible sería dejar a la conciencia hacer migas con la ingenuidad, pero existe la duda, que es un virus que se infiltra y que además contagia (a veces el racionalismo me puede). Queda demostrado así que el “ser” y el “hacer” no son reducibles y que ambos se funden en la “experiencia”, cuyo valor agregado se descubre en movimiento, en interacción en la vida social. Algo similar al plusvalor en el mercado, pero sin la necesidad de ser salvaje.
Es por eso que la autobiografía no debería escribirse si no “experienciarse” (neologismo necesario). De ahí el síndrome del que hablo, que a esta altura, ya es enfermedad.
De todos modos y pecando de generalización, puedo decir que todo lo que hago es bajo compromiso, disciplina, autonomía y osadía. Y que afortunadamente, el entorno me ha demostrado, casi sin proponérmelo, que la autobiografía es algo que se teje con las agujas de uno y las lanas de los otros.
Pero hablemos de cuestiones menos metafísicas –si se quiere- y tratemos el problema (si, el problema) de manera cuantitativamente.
Las autobiografías son infinitas en potencia e inconclusas en acto. Quiero decir, si la “autobiografía” es el relato de la vida propia, el hecho de escribirla forma parte de esa autobiografía, lo que trae aparejado una serie de círculos concéntricos en el tiempo, que implicará: no sólo que nunca se termine (la autobiografía, claro), sino que es probable que esa sea la última cosa que realice en su vida aquella persona que decidió tomar semejante desafío. Por lo tanto, la autobiografía es imposible y además roza la categoría de condena. Por el contrario, entonces, la segunda premisa; la autobiografía es inconclusa por abandono o vía natural, al menos que se compruebe científicamente que pueden recibirse mensajes del más allá. Volvemos una vez más al punto inicial del “Síndrome de la imposibilidad”, que ya es toda una Teoría.
Luego de este preámbulo y en vistas de la cercanía al límite de 2 carillas (confirmación de la argumentación cuantitativa) arribo a varias conclusiones: que se verifica el párrafo primero en su integridad ya que me demoraré en escribir la autobiografía porque nunca comenzaré; que a la vez se cumple mi intuición esbozada tímidamente en el mismo párrafo; que por último, soy una persona demasiado activa y curiosa como para caer en la condena. Al fin y al cabo “la única piedra que no genera musgo, es la que se mueve todo el tiempo”, para escribir hay tiempo.